Una vida con alas.

A ella también la invadía el miedo.
El espectacular brillo de una pantalla la perturbó durante unos instantes, aún así siguió su instinto, deteniéndose sobre una superficie lisa y verde.
El color irradiaba esperanza para algo que no sabía lo que significaba esa palabra. Se mantuvo en la superficie verde, quieta, extrañamente congelada.
En aquel lugar podría conseguir lo que su naturaleza le dictaba. El olor la empujaba a moverse, a buscar con desesperación su objetivo.
No pudo contenerse. Marchó de la superficie verde y se ocultó tras un bonsai.
Desde allí percibía movimientos que la atraían. Sí, estaba cerca. Más cerca que nunca. Estaba a punto de salir de su escondite, cuando un gran chorro de agua la lanzó sobre la tierra del bonsai. Se agitó pero el chorro de agua continuaba cayendo sobre ella, sepultándola lentamente entre la tierra mojada y oscura.
Cada vez se le hacía más y más difícil salir de allí.
Comenzó a sentir que el bonsai se movía, llevado por algo de atrayente olor.
Se movió desesperada, casi con espasmos instintivos. El bonsai estaba siendo traslado a otro lugar.
La noche, estrellada y demasiado abrumadora para ella le trajo millones de olores. Debía luchar. Tenía que salir de la tierra, dejar atrás el agua que sin piedad se la tragaba. Quería volar, quería hacerlo. La sensación de una naturaleza que la dominaba.
Luchó sin saber que la muerte existía. Luchó sin saber lo que era luchar.
Simplemente aquel ser aquel quería volar.
No era consciente de su fragilidad, de de su vulnerabilidad. Ignorante de lo que era, luchó tanto que cuando logró salir de la tierra, aquel bonsai se quedó para siempre con una de sus alas. Daba igual, ella continúo su rumbo en busca de lo que solo le importaba.
No volaba tan alto ni tan rápido pero volaba y lo hacía porque no sabía que ya no había esperanza. Solo sentía, como había sentido en sus escasos tres días de vida.
En el sacrificio de su vuelo, se cruzó con un gorrión. Éste, controlado también por su naturaleza, la vio presa fácil y se lanzó a por ella. Eran dos seres instintivos luchando por sobrevivir. Dos seres pequeños, diferentes pero también iguales.
Tanto el uno como el otro conocían sus facultades. Ella era pequeña y le era fácil esconderse en lugares donde fuese difícil encontrarla. Él era rápido y podría cazarla al vuelo. Ella haciendo un gran esfuerzo voló hasta que logró esconderse entre las rendijas de una alcantarilla. El gorrión casi la alcanzó, sin embargo cuando su objetivo no se cumplió, cantando se marchó en la calurosa noche.
Allí, en la oscuridad se sentía bien. Quieta, agazapada. El dolor la agotaba, adentrandola en un largo y adormecedor adiós que no llegaba. Ella no sabía lo que significa un final.
Luz, luz potente y cálida. Luz para huir de algo tan desconocido como morir.
Voló, como vuelan hasta en sueños los que tienen tantas ganas de vivir. Voló orientada por el olor.
Se adentró en el lugar de la luz que tanto la había atraído y se posó sobre el borde de un yogur vacío. Lo notaba, estaba cerca de su objetivo. Solo tenía que acercarse un poco más.
Voló de nuevo y se detuvo en el respaldo de un sofá, paciente y astuta.
Sí, por fin el olor humano a pocos centímetros de ella. Lentamente, en un vuelo danzarín, triste y doloroso, giró alrededor de una mata de pelo rubio.
Estaba tranquila, paciente, concentrada en su tarea. Unas extrañas vibraciones la dejaron ensimismada. ¿Qué eran esos redondeados círculos negros que salían de las orejas de su victima?.
Se detuvo en uno de los auriculares. Su diminuto cuerpo se estremecía al son de las vibraciones.
No, no sabía lo que era la música, lo que era oír, simplemente las vibraciones la atraían del mismo modo que la potente luz.
Se quedó imperturbable, sintiendo el temblor musical creado por nosotros los gigantes, eternos inquisidores de la vida y la muerte.
Movió su ala sin levantar el vuelo.
Aquel humano apasionado de la música, jamás hubiese pensado que un ser insignificante de tan solo tres días, estaba tan embelesado como él.
Eran dos seres vivos. Uno tenía la capacidad de elegir, el otro no. Uno razonaba, el otro no. Uno tenía conciencia sobre la vida y la muerte, el otro no. Los dos, el fuerte y débil sobrevivían y estaban atraídos por aquellas hermosas vibraciones musicales. Sí, eran diferente pero iguales.
Voló alrededor del auricular. Volaba y se detenía. Se alejaba y se acercaba, agitándose con ellas, extrañamente fascinada por el cosquilleo que le producía en sus patas. Era agradable pese al dolor, era agradable.
PUM. Algo afilado la derribó. Las vibraciones se esfumaron.Cayó sobre la tela roja del sofá y junto a ella rebotaron los auriculares.
-¡¿Pero que haces Crosky?!.
Estaba enfadado el humano de mata rubia. Un descomunal gato de ojos azules maulló.
-Cada día estás más loco.
El humano se marchó.
La potente y cálida luz desapareció al igual que el maullido de aquel gato.
De nuevo se había quedado sola en la oscuridad, con un dolor que ya era insoportable.
Sentía las vibraciones músicales cerca. Le llamaban, le atraían. Como pudo se acercó y con lentitud se posó sobre un auricular. Así estuvo hasta que las pilas del aparato se acabaron y las vibraciones del silencio la hicieron reaccionar.
Como la oscuridad, ella también iba apagándose sin saber lo que le estaba ocurriendo.
La luz del sol se filtró poco a poco después de un indeterminado tiempo.
Música, música otra vez cerca. Luchó sin saber que la muerte existía. Luchó sin saber lo que era luchar.Al otro lado de la estancia las vibraciones la atraían, la poseían, la enloquecían. Y voló. A trompicones y con torpeza pero voló.
Cada vez más cerca y más cerca hasta que en una cuerda temblorosa se posó.
Se quedó allí quieta, estremecida. Movió el ala que le quedaba con fragilidad.
Que agradable cuando lo que nos deslumbra nos hace olvidar el dolor.
La velocidad del arco del violín la atravesó por la mitad mientras al mismo tiempo una hermosa nota sonaba. Se detuvo el tiempo en el instante más mágico de la pieza musical y allí, en aquel lugar bañado por la luz del sol, la belleza de la vida le regaló un dulce final a un insignificante mosquito que nunca supo lo que era la muerte.

(Cuadro de Vladimir Kush “Manzanas, orugas y mariposas”.)

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